Día de la Danza - Gestorama - Homenaje a "Mudra Africa"

 

CELINA HURTADO

 

Qué es un gestorama

Se trata de una práctica  iniciada y consolidada en grupos de trabajo españoles delos años ‘80, cuando Ana María González, profesora de literatura y practicante de expresión corporal, admiradora de Maurice Béjart y de Mudra Africa, concibió un recurso artístico multidisciplinar para presentar de modo intuitivo y permitir la interiorización de cuestiones éticas, religiosas y cosmovisionales.

Por supuesto, no es algo absolutamente nuevo. Los religiosos evangelizadores de América indígena usaban habitualmente recursos artísticos para hacer comprender a los naturales algunos conceptos religiosos muy ajenos a su universo mental (cf. por ej.  George Proksch, “El canto, el drama y la danza al servicio de la evangelización en la India”, Cristo al Mundo, 21, n. 1, 1976: 55-61). La diferencia es que aquí no se busca una inculturación de un contenido exógeno, sino la autocomprensión subjetiva de una diversidad de opciones.

En un sentido  bastante aproximado, aunque referido sólo a la danza, Margarita Baz ha estudiado lo que ella denominó “metáforas del cuerpo”, para indicar esa conexión implícita pero real, entre el movimiento corporal y sus significados psíquicos (cf. Metáforas del cuerpo: un estudio sobre la mujer y la danza, México, UNAM- UAM, 1996).

Esta propuesta como tal (y que yo sigo) no incluye la meditación, y en ese sentido se diferencia de otras experiencias que usan recursos expresivos  y corporales (como por ejemplo, la eutonía de Gerda Alexandre)  al servicio de la interiorización de un contenido ético (laico o religioso), como  la propuesta de Santiago Guerra: “Dos prolegómenos a la meditación cristiana: la eutonía y la meditación iniciática”, Revista de espiritualidad, 38, n. 152, 1979: 459-474.

Concretamente se basa en la asunción de la conexión íntima entre la experiencia corporal y  la intuición intelectual. A su creación le llamó “gestorama”, con lo que quiere indicar “gesto total”, que incluye lo intelectual verbalizado (aunque no “racionalizado” o argumentado) y todos los recursos corporales de todas las artes, es decir, la dimensión global de la sensibilidad. Ella misma escribió varios textos que pueden desarrollarse en talleres, clases e incluso como obras teatrales, acercándose entonces al concepto de “teatro total”.

Yo he trabajado con ella en varias ocasiones y también he continuado esta línea de investigación. En diferentes ocasiones experimenté este recurso para inducir vivencias éticas, que considero más determinantes de las opciones y los comportamientos que la prédica, o la argumentación.  La idea es que, a través de la expresión corporal incluida en el gestorama, cada uno hace el ejercicio de ponerse en el lugar del otro, que es un requisito básico para comprender, tolerar y mejor todavía convivir con personas que sienten o piensan diferente, justamente porque sus experiencias son también distintas.

 

 

 

Dos sonetos para el Viernes Santo de José María Castiñeira de Dios

 

Dos sonetos  para el Viernes Santo

José María Castiñeira de Dios

Jesús en la Cruz

Me duelen tus rodillas y tus manos

clavadas sobre mí, me duele el peso

de tu cuerpo cayendo hueso a hueso

y gota a gota sobre mis hermanos;

 

y me duelen tus gritos sobrehumanos,

y ese morirte solo, solo y preso

de tu propio dolor, mientras te beso

con mis renunciamientos cotidianos.

 

Te miro y sólo veo mi amargura.

Estás allí, casi desarbolado

Como la copa de la noche oscura.

 

Yo sé que estás, aunque no puedo verte,

Mientras cuelgas tu amor crucificado

Y soy todo una cruz para tu muerte.


* * *

Soliloquio del autor en Jerusalén

 

¿Y fue aquí la tortura, la humillación, el peso

de la cruz infamante?, ¿fue aquí, sobre esta vía

de piedra, que tu cuerpo lacerado subía?

¿fue aquí donde te llevan hacia el Gólgota, preso?;

 

¿Y fue aquí, en estas piedras, donde tus ojos viran

hacia el dolor más hondo?; ¿fue aquí y en este punto

donde arrastras tu pena mientras todos te miran?;

 

¿Y fue aquí donde ahora, cuando tu vida acaba,

mueres para salvarme a mí?; ¿fue aquí, fue aquí?, pregunto.

Sé que fue aquí. Lo sé porque yo estaba

 

 

 

 

Ecofeminismo y calidad de vida

 

Elecofeminismo como teoría alternativa para mejorar la calidad de vida

Celina Hurtado

Voy a referirme brevemente as algunas estrategias para mejorar la calidad de vida, inspiradas en el ecofeminismo.

1. Cuidado vs dominación de la naturaleza

 La primera estrategia apunta al hecho de que mientras no se cambie la mentalidad consumista y devastadora de recursos no renovables, ninguna de las medidas de paliativo (como las organizadas por las Naciones Unidas y las reuniones “cumbres”) tendrá efecto duradero. También se considera que las mujeres son en este aspecto más receptivas que los hombres a las alternativas y hay muchas científicas empeñadas en este tipo de estudios y también en las tareas sociales de concienciación, en las cuales se considera imprescindible la tarea femenina, ya que las mujeres son las primeras socializadoras en la familia y en las organizaciones intermedias. En este punto hay muchos matices, desde las visiones más románticas, hasta otras posiciones más cercanas al organicismo y a los conceptos ambientalistas del ecosistema. En todo caso, lo que caracteriza al ecofeminismo es el acento en el concepto “ecología” más que “ambientalismo” y en la importancia de considerar, dentro de la dimensión humana que implica la ecología, el modo cómo los humanos han pensado la naturaleza y cómo esto se ha traducido no sólo en las prácticas, sino también en los conceptos científicos.

Desde el punto de vista de la ciencia, Carolyn Merchand, una historiadora de la ciencia norteamericana, sostiene que la ciencia moderna ha interiorizado la idea de la dominación de la naturaleza, entendiéndola a la manera de una mujer cuyos secretos deben ser penetrados. Expuso sus ideas en variadas obras, la más importante de las cuales es The Death of Nature, que sirvió de modelo y motivación a otros estudios similares.

2. Re-sacralización de la naturaleza

En cuanto a la propuesta de una re-sacralización de la naturaleza, o bien –en versión más débil–

una visión de la hermandad de los seres naturales, al modo de San Francisco de Asís, si bien es una de las líneas más conocidas y difundidas, con millones de adeptos actualmente, es difícil pensar que por sí misma pueda producir cambios significativos en la realidad, dada la complejidad de los intereses y cuestiones en juego. Conserva, sin embargo, un considerable y sugestivo valor teórico, porque, dentro del ecofeminismo, en su conjunto, esta estrategia tiene el mérito de haber llamado la atención sobre un aspecto de la problemática naturaleza-humanidad, y de haber provisto de ciertas pistas teóricas para pensarla de modo diferente. 

3. Las implicaciones prácticas

Los movimientos verdes en el Tercer Mundo están generalmente liderados por mujeres, y su propósito es impedir la devastación de los recursos naturales (por ejemplo tala de árboles, uso de germicidas peligrosos, etc.). María Mies,  socióloga alemana, se ha ocupado de analizar y apoyar desde su cátedra a los movimientos de defensa ecológica y a las protestas contra las plantas atómicas en Alemania, la polución de alimentos producida en Japón por causa de los fertilizantes químicos, la deforestación en Ecuador y en el Himalaya (Mies- Shiva, 1993) etc.  Uno de los movimientos más interesantes que ella ha estudiado es el  “Chipko Andolan Movement”, que toma como figura modélica a Amritha Devi, quien c. 1730, cuando el maharajá de Jodhpur mandó talar los árboles considerados sagrados por esa población, para impedirlo, se colgó como víctima propiciatoria en uno de ellos y la tala se suspendió. Este movimiento hoy impulsa en la India muchas medidas para evitar la grave deforestación (se talan cerca de 1,3 millones de hectáreas por año), la contaminación de los ríos y el agotamiento del suelo.  El lema de estos movimientos sería: “la tierra  y sus recursos son limitados, nuestra vida es limitada, el tiempo es limitado” (Mies- Shiva, 1993, 53).

4. Propuestas desde Latinoamérica

Como ya se ha señalado, la vinculación del  feminismo y del ecofeminismo latinoamericanos con la filosofía y la teología de la liberación les conectó  con las propuestas socio-políticas reformistas derivadas de la reflexión crítica. Es importante señalar que, a diferencia de otros casos, la praxis propuesta por el ecofeminismo latinoamericano se basa (o por lo menos lo intenta con fuerza y decisión) basarse en una reflexión teórica que arribe a resultados racionalmente fundamentados y no sólo espontánea y emotivamente vividos. Presento como ejemplo el caso de Ivone Gebara, cuya reflexión teórica, ya mencionada, se conecta directamente con propuestas prácticas mediante eslabones argumentativos que interesa mostrar más en detalle.

Gebara se propone un accionar liberador concreto fruto de la nueva cosmovisión y la nueva ética ecofeministas. Dos textos de ella ilustran esta perspectiva. El primero se refiere a la ética concreta e inmediatamente aplicada:

“Esta ética [la ecofeminista] no puede comenzar sólo por definiciones o principios y quedarse en ellos. Ella nos invita a abordar situaciones concretas y, a partir de ellas, pensar en los caminos que favorecen la vida y la justicia en las relaciones” )GEbara, “Diez años de cons-pirando”, 10).

El segundo (varios fragmentos) constituye una denuncia a la excesiva teorización, incluso dentro del feminismo, cuando la gravedad de la situación reclama una acción inmediata, desde una posición teórica inclusivista, que respete las opciones y que no convierta sus diferencias en estériles discusiones.

“En el mundo occidental capitalista, siempre estamos intentando aplicar a la historia conceptos y análisis provenientes de un mundo competitivo. Diferentes pensadoras feministas en América Latina intentan discutir qué perspectiva viene primero, si la ecología o el feminismo. Esta discusión enfatiza la idea que algunas feministas creen que otros se apropian de los pensamientos ecológicos y los integran en una perspectiva feminista. Y al hacer esto, ellas no son fieles al feminismo en su lucha pura y exclusiva por las mujeres. Otros sienten que el feminismo está robando algo que es propiedad privada de la lucha ecológica. [...]

Mientras se discute todo esto, continúa la destrucción de la selva del Amazonas, de los bosques tropicales y otros [...] Mientras continúan estas discusiones, cantidades de mujeres y niños están pasando hambre y muriendo por enfermedades producidas por un sistema capitalista capaz de destruir vidas y generar beneficios sólo para unos pocos.

Para mí la cuestión desafiante no es la pugna entre los diferentes modos de interpretar las vidas de las mujeres y el ecosistema, o el reduccionismo de teorías, sino la destrucción de la vida mientras estamos discutiendo las teorías. No, yo no estoy en contra de las teorías, pero sospecho que algunas discusiones están reforzando más la lógica patriarcal del capitalismo que un estilo de vida alternativo real. [...] Me parece que el feminismo no puede dejarse tentar por teorías masculinas y competitivas, que están enamoradas de ellas mismas, sin buscar teorías de una reforma estructural y acciones orientadas a la justicia” (Gebara 1999: 94-97).

Esta permanente apelación del giro a la praxis también puede interpretarse como un alerta ante posiciones utópicas que, por ser irrealizables, terminan reforzando el statu quo. En una de sus últimas obras, Gebara se hace cargo del peligro de que su reclamo de ecojusticia sea nada más que una hermosa utopía, un regreso al paraíso originario, donde todos seremos felices y el mal ya no existirá. La conciencia de la permanente dialéctica de lo bueno y lo malo en el mundo exige una mirada mesurada:

“No se trata de pensar un mundo utópico  sin la presencia del mal, sin exclusiones ni jerarquías, sino de pensar y vivir un mundo más equilibrado, más ético, donde haya mayor respeto por la diversidad y la diferencia” (Gebara, 2002, 183).

La relación entre ecología y sociedad es un viraje que intenta introducir el ecofeminismo al insistir en que el destino de los oprimidos está íntimamente ligado al destino de la tierra. Entonces, interpreta Ricardo Pobierzym, toda apelación a la justicia social implica una eco-justicia (2002). Aunque todavía con escaso desarrollo teórico, el ecofeminismo latinoamericano se perfila como una corriente en crecimiento, que se interesa por los graves problemas ambientales presentes en la región, sobre todo en relación con el mayor perjuicio relativo que causan a los pobres y marginados, cuyo hábitat está siendo devastado por prácticas depredadoras y correlativas ideologías perniciosas. Se prevé así que esta dirección de síntesis entre la filosofía de la liberación y el feminismo, ya presente, se afianzará también en el ecofeminismo latinoamericano de los próximos años.

5. Integración

El ecofeminismo práctico presenta una primera y saliente características: sus promotores/as pertenecen a países emergentes y/o a sociedades o sectores comunitarios (incluso dentro de países más desarrollados) pobres y marginadas, especialmente los pueblos originarios, los mestizos no integrados, los inmigrantes y refugiados, las minorías no deseadas. Dentro de este difuso y heterogéneo sector social sufriente, siempre se ha señalado que las mujeres sufren más, y tal vez por eso es que ellas encabezan las acciones más fuertes de resistencia.

La analogía de situaciones, dentro de una gran diversidad geográfica, social y cultural, conecta a las mujeres comprometidas en luchas ambientales contra peligros que amenazan su hábitat inmediato. Esto determina que los grupos más activos pertenezcan a comunidades más bien pequeñas o acotadas en espacios en que la degradación afecta directamente sus vidas. Al contrario de los movimientos que tienen como epicentro las grandes ciudades, sean o no del Primer Mundo, donde se organizan marchas multitudinarias, generalmente convocadas por las redes sociales, o se forman grupos políticos “verdes”, todo lo cual lleva a un distanciamiento entre la acción de resistencia y el lugar del daño efectivo, los grupos activistas del ecofeminismo del Tercer Mundo tienen propuestas muy concretas y puntuales. Eso es lo que les da una fuerza suplementaria, porque cualquier logro, por pequeño que sea (por ejemplo, impedir la tala en sólo dos o tres hectáreas) representa una victoria de la causa que se trasmite y amplifica socialmente, invitando y motivando a otras acciones similares.

Las acciones concretas han producido efectos sobre todo a nivel de la concienciación de millones de seres, y también algunos resultados más bien en la línea de impedir mayores males que en la de remediar los existentes, para lo cual el aporte positivo de nuevas tecnologías parece imprescindible. Creo que ha funcionado, y puede seguir funcionando como una utopía creativa, un horizonte ideal que motorice acciones concretas, más pragmáticas, frente al gran desafío que nos aguarda.

Bibliografia citada

Ivone Gebara, “10 años de Con-spirando”, Con-spirando 40, 2002.

Gebara, Ivone,  “Ecofeminism: A Latin American Perspective”, Cross Current, 53, 1, 1999: 93-103.

Gebara, Ivone, El rostro oculto del mal, Madrid, Trotta, 2002

Mies Maria - Vandana Shiva, Ecofeminism, London, Zed Books, 1993.

Pobierzym. Ricardo, “Los desafíos del ecofeminismo”, conferencia en “Espacio” (Buenos Aires, 4 de julio de 2002), disponible en  http://www.temakel.com/emecofeminismo.htm.

 

 

 

 

Cocina mexicana histórica - Opciones para comenzar el otoño

 

Cocina mexicana histórica

Opciones para comenzar el otoño

Celina Hurtado

Continuando con la difusión de la gastronomía histórica y su aporte a la salud delicada, ofrezco ahora otro aporte del libro de Celerina Maldonado, Recetario tradicional, México, CONACULTURA, 1999, del cual publiqué en este blog “Cocina histórica saludable 1 y 2”. Es un menú apto para el entretiempo fin de verano, comienzo del otoño, con ingredientes de estación y componentes adecuados a una dieta completa.

Sopa de taquitos de queso

Se amasan 100 gramos de harina con un huevo y media taza de agua  de tequezquite blanco bien asentado [se puede reemplazar la sal de tequezquite por sal marina]. Cuando se estira la masa, se extiende con el palote dejándola lo más delgada posible. Se corta en cuadros, y éstos se rellenan con queso fresco y se fríen. Preparar el caldito con perejil y cuando empiece a hervir se añaden los taquitos. Después de un hervor se sacan y se les pone queso rallado

Col morada encurtida

Una col muy tierna y chiquita se pida en crudo, se hierve en vinagre fuerte y se deja enfriar. En un vjtrolero se echa la col alternando con hierbas de olor, sal y unos dientes de ajo, Se cubre con vinagre incorporándolo y, después, se añade una capa de aceite de olivo. Se tapa y después de algunos días ya podrá tomarse.

Corona de frijol

Se muele frijol bien cocido y se fríe con chorizo o caldo de chile chipotle. Se mete al horno en un molde engrasado y espolvoreado de pan. Se saca la corona en un platón y se adorna con tortilla bien frita y martajada, almendras, rajas de chile cuaresmeño en vinagre y queso fresco en bolitas

Crema de fresas

Se baten a punto de nieve 4 claras, se agregan después, una a una, 10 yemas de huevo; añadir, poco a poco, medio litro de crema fresca, 300 gramos de azúcar tamizada, 50 gramos de harina, un poco de nuez moscada rallada y unas gotas de vainilla. Se pone en un molde la mitad de la crema y sobre ésta una capa gruesa de fresas, se cubre con la otra mitad de la pasta y se espolvorea con polvo de azúcar. Hornear durante 15 minutos.

Panecillos de pasas con salsa

Se cierne una libra de trigo y una de cebada, media cucharadita de sal y tres de levadura, y se mezcla con media taza de mantequilla, dos cucharadas de jarabe y tres cuartos de taza de leche. Se extiende una pasta de media pulgada de grueso y se rocía con dos cucharadas de azúcar, una cucharada de canela en polvo y una taza de pasas sin semilla. Se hornean y se sirven bañados en la siguiente salsa: poner al fuego dos cucharadas de harina de maíz, un cuarto de taza de agua fría, media de almíbar, un poquito de sal, una cucharada de mantequilla y una taza de pasas sin semilla.

 

 

Carnaval

Tres recuerdos y una reflexión sobre Carnaval

 Celina Hurtado

 El Carnaval es una festividad que siempre, desde niña, me ha gustado y me ha motivado a participar, disfrazándome, yendo a corsos, desfiles, fiestas. Concretamente el disfraz es un elemento distintivo del Carnaval desde sus lejanos orígenes europeos. Y es uno de los gustos de los dos organizadores de Fundarte, Ivo Kravic y yo, y por eso hemos realizado muchas actividades en ese sentido. Pero ahora quiero hacer una reflexión sugerida por tres recuerdos de hace años.

Los dos primeros sucedieron en la década de los ochenta, los primeros años de la recuperación de la democracia. Un año fuimos al Corso de Flores; nos disfrazamos, yo de Viuda Alegre y él de caníbal, con una vestimenta de lona, brazos y cara oscurecidos, un gorro negro que tenía cosido un hueso y un hueso en la mano. Hacíamos la escena de que yo coqueteaba con él, usando un abanico de plumas (de papel crepé) mientras él miraba extasiado a los que comían en bares y restaurantes. A algunos les resultaba simpático, otros ni se fijaban, pero también hubo algunos que se molestaron y hasta salió un camarero de un restaurante diciendo que incomodábamos a los comensales con nuestra presencia en los ventanales. Desistimos.

Reflexionamos que tal vez el tema del caníbal y los huesos (aunque se veía claro que eran de pollo) podía molestar en tiempos de los juicios de lesa humanidad y la apertura de presuntas tumbas de desaparecidos. Decidimos que para la próxima vez elegiríamos atuendos menos potencialmente conflictivos. La vez siguiente, también en el Corso de Flores, fuimos disfrazados él de chino y yo de árabe. No vimos otros disfrazados, salvo las comparsas. Y por lo menos tres veces algunos grupos de jóvenes (y no tan jóvenes) se burlaron diciendo “¿Qué hacen disfrazados por ahí? ¡b…s!”. Desistimos de ir disfrazados a los corsos, y claro, también se nos quitó la motivación de ir a corsos en Buenos Aires

Fuimos varias veces a otros lugares, años después. Una vez, fuimos a Lincoln, donde una gran tradición de desfile de carrozas preludiaba un corso más comprensivo. Ivo llevó un tocado árabe, real y actual, traído por un primo que había viajado al Oriente Medio. Y yo una máscara en forma de rayos de sol. Reservamos una mesa en la avenida por la que pasaba el corso. Ivo se puso su toca árabe, se oscureció las cejas y se pintó barbita y bigote. Yo me puse la máscara de sol envolviendo la cabeza y parte del torso con un chal dorado, de alguna obra de teatro, que rescaté del arcón. Cuando fuimos a la mesa nos miraron con cierta atención simpática. Promediaba el corso, había un equipo de televisión y vinieron a hacernos una entrevista. Fue muy breve, dijimos que éramos de Buenos Aires, que nos gustaba el Carnaval, que nos gustaba disfrazarnos y que el Carnaval de Lincoln era particularmente original y nos parecía más auténtico que el de Corrientes (lo que era cierto). Cuando terminaron los dos minutos de entrevista, les preguntamos cómo sabían que éramos de Buenos Aires, porque suponíamos que ese era el motivo, ya que el periodista destacó  que el Carnaval lincolniense tenía fama fuera de sus fronteras. Pensábamos que sería el dueño del bar o el mozo, porque se lo habíamos dicho. La respuesta nos dejó sorprendidos: “No, no sabíamos que son porteños, eso fue una buena casualidad. Los entrevistamos porque son los únicos disfrazados entre los asistentes al corso”. Y los asistentes eran miles, todas las mesas ocupadas de las dos veredas por las siete u ocho cuadras del desfile y mucha gente de pie.

Tres situaciones que me hacen reflexionar sobre la pérdida del sentido de la fiesta. No me refiero a su origen, el “carne vale” (adiós a la carne) medieval, es decir, el último día que se podía comer carne antes de la veda cuaresmal (el miércoles de ceniza sigue al martes de Carnaval) y ni siquiera a la tradición, sobre todo veneciana, de las máscaras usadas por los nobles, gentilhombres y damas para permitirse licencias sociales impensables en otros días. Todo eso es historia, pero sí es cierto que el carnaval porteño y si se quiere, pampeano (en el norte es diferente y alguna vez escribiré mi experiencia de eso) tenía una tradición que incluía al menos tres notas que ya no se dan.

La primera, que el Corso era realmente una convocatoria libre, donde la gente concurría disfrazada, a veces en carrozas o en autos descapotados, pero eran iniciativas individuales, familiares o de pequeños grupos. No eran empresas comerciales de espectáculo como ahora, con artistas (que hacen su trabajo y cobran) y espectadores que pueden ver sin pagar o pagando una consumición en las mesas puestas al efecto por los comercios de la zona. Y también se puede ver cómodamente desde el living de casa, por televisión. El sentido comunitario de los corsos de antaño, que algunos todavía pueden recordar, ya no existe. Ivo y yo, que llegamos a vivir sus últimos coletazos allá por los cincuenta, siendo niños, quisimos revivirlo algunas veces. Una tarea inútil.

La segunda nota es que en general primaba la educación y el respeto. Claro que siempre podía haber algunos que se pasaban de copas, o que exageraban los juegos, pero eran mínimos. Y muy pocas veces eran realmente agresivos. Mi papá recordaba que en su juventud, luego de terminado el Carnaval común, el fin de semana siguiente, se hacía el llamado “Carnaval de las flores”, en que cada uno de los que iba al corso llevaba una flor y la intercambiaba, tirándola a otro u otra del corso. En general eran ramitos que se vendían especialmente para eso. Y contaba que había algunos vivos que ataban un elástico al ramito de modo que cuando lo tiraban para intercambiar el que ya habían recibido, les volvía, con gran rabia del perjudicado. Al lado de las agresiones físicas y verbales que se ven ahora, era como una travesura de niños. Ahora el Corso del Carnaval se ha convertido en un lugar de peligro por las agresiones, los robos, y hasta los insultos y las burlas por cualquier motivo o sin ninguno. Es claro que, se dirá, eso es parte de una decadencia general de la educación y la cultura. Sin duda. Pero en estas fechas se nota más.

La tercera nota es que el Carnaval era una fecha acotada, convocante en tiempos precisos y por tanto tenía una mayor solidez participativa. Se iniciaba, sobre todo con bailes, la noche del sábado, seguía todo el domingo, el lunes y el martes. Y el sábado y el domingo siguientes eran el ·Entierro de Carnaval” o el “Carnaval de las Flores”.  Y nada más. Lo que se pudiera hacer en esos días se hacía, lo que no, quedaba para otra vez.  Era triste sobre todo cuando llovía y se frustraba el Corso, pero era parte también del festejo, la gente se agolpaba en las confiterías o en los clubes. Y se festejaba igual. Ahora el Carnaval, en casi todo el mundo occidental y desde luego también entre nosotros, se ha convertido en un emprendimiento comercial que debe realizarse todos los días posibles. El gobierno militar suprimió los feriados de lunes y martes de Carnaval, pero como contrapartida todos los fines de semana de febrero se hacían “de Carnaval” y eso no varió cuando se restablecieron los feriados originarios y que dan sentido a la fiesta.  La pandemia y la crisis económica que sacude al mundo, y también a nosotros, ha desdibujado y casi suprimido el Carnaval como festejo; quedan los feriados que en tiempos de cuarentena ni se notan. 

¿Renacerá el Carnaval de antaño? No creo. ¿Habrá otros modos de celebrarlo que rescaten lo culturalmente valioso de aquella tradición dándole nuevas formas? Es posible. En todo caso, depende de nosotros.