Recuerdos de Carnaval - Celina Hurtado

 

El Carnaval, un amigo de la infancia

                                                                                                                           Celina Hurtado

Amo el Carnaval, desde que era chica. Sé que mucha gente lo minimiza, lo desprecia y hasta desearía que no existiera. Las razones del amor y del odio al Carnaval son muchas y variadas, pero creo que, en definitiva, tienen que ver con el propio temperamento, con la alegría (o no) de vivir y de compartir (o no).  La gente que se enoja o se ríe cuando ve jun disfrazado, creo que tiene un hándicap anímico, no soporta el disfraz explícito, quizá porque sufre con el suyo implícito.

 

Pero no quiero entrar en esas consideraciones. No me interesan. Quiero simplemente recordar que en mi infancia (hace muchos años) el Carnaval era toda una institución. Recuerdo que luego de los festejos de Navidad y Año Nuevo (que me encantaban) y de pasar dos semanas de vacaciones en enero, me dedicaba a mi disfraz carnavalesco. Distinto todos los años, elegido por mí, a veces desde alguna revista de disfraces para niños, jóvenes y adultos. Íbamos con mamá a comprar la tela, tela para vestidos, porque en aquella época no había ese tipo de telas baratas para disfraces que surgieron después.  Ella lo cortaba y lo cosía; cuando fui más grande, yo colaboraba con algún bordado, sobre todo en lentejuelas. Esa ilusión viendo cómo avanzaba el traje, era la alegría que ocupaba todos esos largos días de verano, cuando a los niños sólo nos permitían salir a jugar en la vereda al atardecer, bajo la mirada de algún adulto. Salíamos diariamente cuatro o cinco niñas de la cuadra, que también soñábamos con los disfraces, aunque yo era la única que siempre tenía seguridad de que lo luciría y que sería distinto al del año pasado.

 

Los días de Carnaval eran solamente tres: domingo, lunes y martes, y el sábado y domingo siguiente se llamaba “entierro de Carnaval”, pero no todos lo celebraban; no lo hacían las personas muy religiosas, porque la Cuaresma comenzaba el Miércoles de Ceniza, es decir, el posterior al martes de Carnaval.

 

En cambio, en mi casa sí me llevaban al corso del entierro de Carnaval, aunque, por esas y otras razones tenía menos gente.

 

Tengo algunos recuerdos entrañables. Por ejemplo, éste: un año Carnaval caía en el período que nos íbamos de vacaciones a un hotel en las Sierras de Córdoba, quedaba a varios kilómetros de la ciudad, allí teníamos pensión completa, y muchos lugares alrededor para pasear. Mi padre andaba a caballo con algunos amigos, en fin, nadie pensó que `podía haber un corso o algo así. De modo que no me llevaron un disfraz, como pasó algún otro año. Pero para sorpresa de todos, en el hotel organizaron una fiesta de Carnaval para niños, a la hora de la merienda y dijeron que invitaban a disfrazarse. Horror, yo no tenía disfraz.  Me sentí muy triste, porque en casa habían quedado dos o tres que podían servir. Mis padres no dijeron nada, pero sin que yo supiera, papá se fue a la ciudad (creo que alquiló un auto) y compró el papel crepé que mamá le había indicado. Con eso y un set de costura que siempre llevaba, me hizo una pollera armada y bien fruncida, de color verde, que llenó de florcitas de distintos colores. Se ponía debajo de un solerito también verde, al que a su vez le pegó ramitos de flores en el escote. Y completaba con una vincha de flores con largas cintas de papel crepé.  Mi disfraz de primavera fue un éxito; las mamás de los nenes disfrazados más sencillamente (con máscaras, o sombreros) admiraban mi vestido. Tengo fotos de esa tarde. Un recuerdo que nunca olvidaré.

 

Después, cuando fui adolescente y jovencita, solíamos ir al Club Ferro Carril Oeste, que queda cerca de casa, donde había bailes de Carnaval familiares, también iba disfrazada. Uno de esos disfraces, me acuerdo, era de “sol”, con una falda a gajos simulando rayos y una especie de corona que era medio sol todo en seda amarilla bordado con lentejuelas doradas.  Creo que todavía lo conservo guardado en algún baúl; lo presté una o dos veces a vecinas de la cuadra. Y después fueron disfraces “de fantasía”, es decir, sin un tema específico. Esos bailes eran divertidos aunque yo no bailaba, porque iba sin compañero y con cualquiera no me gustaba. Luego los Carvavales se fueron olvidando porque viajé, o si cían en marzo ya tenía clases y trabajos varios.

 

Después que me casé, también con mi esposo solíamos aprovechar los feriados de Carnaval para viajar; y cuando no era feriado, trabajábamos. Pero nos gustaba disfrazarnos. Lo hicimos varias veces. Recuerdo un año que eran días hábiles, y nos fuimos disfrazados a Avenida de Mayo pensando que había corso. Por supuesto, era un día común y no había nada. La gente nos miraba como bichos raros, aunque algunos se sonreían (pensarían que éramos fanáticos del Carnaval). Otra vez fuimos a Lincoln a un corso muy especial que hacen allí y nos disfrazamos, aunque sencillamente (yo con una especie de manto de odalisca y él con un turbante árabe real que compramos en un viaje); éramos los únicos disfrazados, así que vino un móvil de televisión y nos entrevistó brevemente, al día siguiente salimos en el noticiero local.

 

Además, hice álbumes con fotos mías y de otros conocidos, que se subieron a la página de Fundarte y a YouTube, tarea que espero organizar mejor y continuar en lo posible.

 

Este año la Ciudad de Buenos Aires anuncia corsos en todos los barrios; esperamos ver algunos. Se dice que tendrán números artísticos y no sólo gente que camina. Ojalá salga todo bien y recuperemos la alegría carnavalesca

 

Como dice el tango “Todo el año es Carnaval” (que de ninguna manera es despreciativo)

“El mago Carnaval suena en las calles,

ruidosos cascabeles de ironía,

muchachos, esta noche la corremos

del brazo del placer y la alegría…

La vida sin garufa es cementerio      

y el alma sin amor jardín sin flores+

hay que gozar, porque la vida es corta,

y entonar esta canción triunfal:

Todo el año es Carnaval

cada ser un Arlequín.

¿Para qué vas a penar

si la dicha está en reir?”

[..]

 

 

 

 

Otro poema de Carnaval, de Gabriele D'Annunzio

 

Carnaval viejo loco 

Gabriele D’Annunzio

Carnaval viejo loco
vendió su colchón
para compran pan y vino
espaguetis y salchichón.
Como un glotón comió
una montón de roscas fritas
le creció tanto la panza
que parece una balanza,
tomó, tomó y al rostro
el rojo se le subió.
La barriga le explotó
comió, comió y no paró.
El martes termina el Carnaval
y le hacen un funeral,
porque del polvo nació y al polvo regresará.

 

 

Acercándonos al Carnaval con un poema de Rubén Darío

Canción de carnaval

Rubén Darío

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown;

mientras Arlequín revela
que al prisma sus tintes roba
y aparece Pulchinela
con su joroba,

di a Colombina la bella
lo que de ella pienso yo,
y descorcha una botella
para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima
sus amores con la Luna
y te haga un poema en una
pantomima.

Da al aire la serenata,
toca el auro bandolín,
lleva un látigo de plata
para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;
con la cítara sé griega;
o gaucha, con la guitarra
de Santos Vega.

Mueve tu espléndido torso
por las calles pintorescas,
y juega y adorna el Corso
con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro
de Andrade en el regio nido,
y en la hopalanda de Guido,
polvo de oro.

Penas y duelos olvida,
canta deleites y amores;
busca la flor de las flores
por Florida:

Con la armonía te encantas
de las rimas de cristal,
y deshojas a sus plantas,
un madrigal.

Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Sus gritos y sus canciones,
sus comparsas y sus trajes,
sus perlas, tintes y encajes
y pompones.

Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
¡la victoria de tu risa
funambulesca!

 


Reseña a Foto-poema

 

Foto-poema, Fotografías de Carlos Pellegrini, con textos de 28 escritores – 1ª ediciónilustrada. – Lanús, Brause, 2025. 74 p.

 Los iniciadores y creadores de esta excelente publicación, Stella Maris Zamora, Carlos Pellegrini y Jorge Klinger y explica cómo nació y se concretó el proyecto; nada mejor que sus propias palabras, que copio por extenso.

“Estimados lectores, el presente libro es el resultado de un proyecto artístico, imagen y palabra, o podemos decir asimismo, fotografía y literatura, en mayor número de expresión a través de la poesía.

¿Y cómo surge este ensamble?

En nuestros encuentros con Carlos Pellegrini fotógrafo, no ya como médico allá por el año 1987, la expresión artística nos reunió hace una década, desde otro ámbito. 

Su producción fotográfica, una vez jubilado como médico pediatra, fue in crescendo y en el intercambio personal, al recibir sus bellas captaciones de la realidad a través de una lente sensible y artística, nos animamos a sugerirle poner letra a sus poemas fotográficos.

Con entusiasmo aceptó y a partir de marzo de 2025 pusimos manos a la obra convocando a escritores de nuestro entorno, quienes aceptaron de buen grado y con rápida respuesta.

Estamos muy agradecidos a los participantes que hicieron de este sueño, un proyecto hoy realizado”.

28 poetas en su mayoría mujeres) contribuyen con hermosos textos a esta obra de podría también  titularse “poemas para ver”. Son Alicia Danesino, Adriana Álvarez, Alejandra Patané, Ana María Figueira, Cecilia Glanzmann, Daniel Alonso, Darcy Mell, David Sorbille, Dirbi Maggio, Dora Lorusso, Eduardo Cormick, Gladys Heredia, Gladys Inés Salomón, Graciela Bucci, Graciela Licciardi, Graciela Vodicka, Jorge Klinger, Julia Rosignol, Lilia Cremer, Lucía Nelly Vergara, Magda Pascual, Maju Druille, María de la Paz Pérez Calvo, María Rosa Barabaschi, Mirta Venezia, Silvia Heidel, Stella Maris Zamora Amigo, Teresita Saint Esteben.

Para cada `poema hay una fotografía guardando una relación biunívoca: la poesía describe un escenario poético y la fotografía lo ilustra; y vice versa.

Resulta injustificable ilustrar esta breve reseña con fragmentos de dos o tres poemas, porque todos pueden aspirar a esa selección. Y dígase lo mismo de las fotos.

Solamente vale añadir, para finalizar, que la idea no sólo es válida y motivadora, sino que también presenta un modelo excelente de concretar la relación literatura- plástica, tantas veces alabada y recomendada, con resultados no siempre satisfactorios, lo que, desde luego, conspira contra  la valoración general de la propuesta. En este caso, en cambio, estamos ante un modelo que vale la pena tomar en cuenta.

                                                                                                       Celina Hurtado

Para comenzar el año, un recuerdo de Augusto R. Cortazar

Como homenaje a Augusto R. Cortazar, al comienzo de un nuevo año, un recuerdo de lo que escribió él luego de muchos años de estudio.

“En el curso de varios lustros de viajes de estudio he conocido numerosos pueblos, aldeas, caseríos, francos aislados, desde la puna jujeña a la pampa bonaerense y a los valles patagónicos. Me han entristecido muchos casos de atraso y penuria, de estancamiento y agonía. Fuerzas, conflictos y cambios de índole económica, social, política, han rebotado en algunos de esos desconocidos rincones con violencias de cataclismos. La vida ha cambiado en torno repentinamente, y esos lugareños, verdaderos 'durmientes del bosque', la montaña o el llano, se han visto relegados y oprimidos sin explicarse el porqué. Del apego a lo rutinario, la incuria e ignorancia de estos grupos minúsculos contribuyen, sin duda, al desastre, pero como explicación resultan factores simplistas e individuales, frente a la complejidad de los que movilizan y conmueven a la sociedad entera. (p. 29) 

“Junto a estos casos de conflicto y catástrofe, otros hay más felices. Han quedado al margen del tiempo y su propio aislamiento los ha salvado. Sufren el olvido, mas evitan el aniquilamiento. En ellos se advierte que viven una etapa retrasada, pero normal, dentro del proceso de su evolución. Lugares así son para el viajero verdaderos oasis, no solo geográficos, sino espirituales. El investigador encuentra en los ranchos / familias, con frecuencia numerosas, perfectamente integradas, en el sentido jurídico, social y ético. Llama su atención la sagaz armonía funcional con que han amoldado los medios de vida a las características de la naturaleza circundante”.

 Augusto Raúl Cortazar, Andanzas de un folklorista. Aventura y técnica de la Investigación de Campo, Universidad Nacional de Salta, 2010, pp. 29-30.