El Carnaval, un amigo
de la infancia
Amo
el Carnaval, desde que era chica. Sé que mucha gente lo minimiza, lo desprecia
y hasta desearía que no existiera. Las razones del amor y del odio al Carnaval
son muchas y variadas, pero creo que, en definitiva, tienen que ver con el
propio temperamento, con la alegría (o no) de vivir y de compartir (o no). La gente que se enoja o se ríe cuando ve jun
disfrazado, creo que tiene un hándicap anímico, no soporta el disfraz explícito,
quizá porque sufre con el suyo implícito.
Pero
no quiero entrar en esas consideraciones. No me interesan. Quiero simplemente
recordar que en mi infancia (hace muchos años) el Carnaval era toda una
institución. Recuerdo que luego de los festejos de Navidad y Año Nuevo (que me
encantaban) y de pasar dos semanas de vacaciones en enero, me dedicaba a mi
disfraz carnavalesco. Distinto todos los años, elegido por mí, a veces desde
alguna revista de disfraces para niños, jóvenes y adultos. Íbamos con mamá a
comprar la tela, tela para vestidos, porque en aquella época no había ese tipo
de telas baratas para disfraces que surgieron después. Ella lo cortaba y lo cosía; cuando fui más grande,
yo colaboraba con algún bordado, sobre todo en lentejuelas. Esa ilusión viendo
cómo avanzaba el traje, era la alegría que ocupaba todos esos largos días de
verano, cuando a los niños sólo nos permitían salir a jugar en la vereda al atardecer,
bajo la mirada de algún adulto. Salíamos diariamente cuatro o cinco niñas de la
cuadra, que también soñábamos con los disfraces, aunque yo era la única que
siempre tenía seguridad de que lo luciría y que sería distinto al del año
pasado.
Los
días de Carnaval eran solamente tres: domingo, lunes y martes, y el sábado y
domingo siguiente se llamaba “entierro de Carnaval”, pero no todos lo celebraban;
no lo hacían las personas muy religiosas, porque la Cuaresma comenzaba el
Miércoles de Ceniza, es decir, el posterior al martes de Carnaval.
En
cambio, en mi casa sí me llevaban al corso del entierro de Carnaval, aunque,
por esas y otras razones tenía menos gente.
Tengo
algunos recuerdos entrañables. Por ejemplo, éste: un año Carnaval caía en el período
que nos íbamos de vacaciones a un hotel en las Sierras de Córdoba, quedaba a
varios kilómetros de la ciudad, allí teníamos pensión completa, y muchos lugares
alrededor para pasear. Mi padre andaba a caballo con algunos amigos, en fin,
nadie pensó que `podía haber un corso o algo así. De modo que no me llevaron un
disfraz, como pasó algún otro año. Pero para sorpresa de todos, en el hotel
organizaron una fiesta de Carnaval para niños, a la hora de la merienda y
dijeron que invitaban a disfrazarse. Horror, yo no tenía disfraz. Me sentí muy triste, porque en casa habían
quedado dos o tres que podían servir. Mis padres no dijeron nada, pero sin que
yo supiera, papá se fue a la ciudad (creo que alquiló un auto) y compró el
papel crepé que mamá le había indicado. Con eso y un set de costura que siempre
llevaba, me hizo una pollera armada y bien fruncida, de color verde, que llenó
de florcitas de distintos colores. Se ponía debajo de un solerito también
verde, al que a su vez le pegó ramitos de flores en el escote. Y completaba con
una vincha de flores con largas cintas de papel crepé. Mi disfraz de primavera fue un éxito; las
mamás de los nenes disfrazados más sencillamente (con máscaras, o sombreros)
admiraban mi vestido. Tengo fotos de esa tarde. Un recuerdo que nunca olvidaré.
Después,
cuando fui adolescente y jovencita, solíamos ir al Club Ferro Carril Oeste, que
queda cerca de casa, donde había bailes de Carnaval familiares, también iba
disfrazada. Uno de esos disfraces, me acuerdo, era de “sol”, con una falda a
gajos simulando rayos y una especie de corona que era medio sol todo en seda
amarilla bordado con lentejuelas doradas.
Creo que todavía lo conservo guardado en algún baúl; lo presté una o dos
veces a vecinas de la cuadra. Y después fueron disfraces “de fantasía”, es
decir, sin un tema específico. Esos bailes eran divertidos aunque yo no
bailaba, porque iba sin compañero y con cualquiera no me gustaba. Luego los Carvavales
se fueron olvidando porque viajé, o si cían en marzo ya tenía clases y trabajos
varios.
Después
que me casé, también con mi esposo solíamos aprovechar los feriados de Carnaval
para viajar; y cuando no era feriado, trabajábamos. Pero nos gustaba
disfrazarnos. Lo hicimos varias veces. Recuerdo un año que eran días hábiles, y
nos fuimos disfrazados a Avenida de Mayo pensando que había corso. Por
supuesto, era un día común y no había nada. La gente nos miraba como bichos
raros, aunque algunos se sonreían (pensarían que éramos fanáticos del Carnaval).
Otra vez fuimos a Lincoln a un corso muy especial que hacen allí y nos
disfrazamos, aunque sencillamente (yo con una especie de manto de odalisca y él
con un turbante árabe real que compramos en un viaje); éramos los únicos disfrazados,
así que vino un móvil de televisión y nos entrevistó brevemente, al día
siguiente salimos en el noticiero local.
Además,
hice álbumes con fotos mías y de otros conocidos, que se subieron a la página
de Fundarte y a YouTube, tarea que espero organizar mejor y continuar en lo
posible.
Este
año la Ciudad de Buenos Aires anuncia corsos en todos los barrios; esperamos
ver algunos. Se dice que tendrán números artísticos y no sólo gente que camina.
Ojalá salga todo bien y recuperemos la alegría carnavalesca
Como
dice el tango “Todo el año es Carnaval” (que de ninguna manera es
despreciativo)
“El
mago Carnaval suena en las calles,
ruidosos
cascabeles de ironía,
muchachos,
esta noche la corremos
del
brazo del placer y la alegría…
La vida sin garufa es cementerio
y el alma sin amor jardín sin
flores+
hay que gozar, porque la vida es
corta,
y entonar esta canción triunfal:
Todo el año es Carnaval
cada ser un Arlequín.
¿Para qué vas a penar
si la dicha está en reir?”
[..]